A mirar el mar desde
mi ventanal
A
escuchar melodías. . .
De
noche de día, de la sinfónica
animal.
A
desnudar los pies sobre la arena
caliente,
para
que
se bronceen, sonrojando el visitante.
A
bucear poemas,
los
de libre albedrío y fugaz
inspiración.
A contar cada hoja de las esbeltas palmeras,
que
adornan las playas, del amado terruño.
A
pasear en coche, en noches de luna nueva
después
de haber degustado;
arroz
con coco, pescado frito, patacón pisao.
A
hacer la siesta. . .
En
una playa desierta;
con el
corazón contento, la barriga llena.
UN ÁNGEL DORADO.

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